Joder. ¡Joder!
Se despertó el enjambre que tenía en su cabeza. Las avispas nunca le habían gustado. Le picaban. Era alérgico. Tenía angustia, miedo, pánico, se sentía atacado, muerto. Veía avispas en cada esquina. Lo miraban diciéndole: "Vas a sufrir, hijo de puta".
Se lo contaba a su madre. Bueno, a la que decía que era su madre. Él no recordaba nada y en una ocasión, quién decía ser su hermano le había creado las sospechas. Todos eran tan normales en su casa, alguna explicación habría. Menos su padre. No lo conocía, había muerto. Quien decía ser su madre se asustó. Lo llevó al psicólogo, este le mandó al psiquiatra.
"Todo está en tu cabeza, hijo". Si estuviese en mi puta cabeza, no notaría como se me inflama la piel. Como me arde la boca, la frente, como mi corazón late como una locomotora. Como mi saliva se transforma en alquitrán.
Notaba como las putas avispas se agolpaban en su cabeza. Zumbaban. Bzzzzzzzz. Le decían que iba a sufrir, pero ya no era un hijo de puta, no. Ahora era un bastardo. Zumbaban más fuerte. BZZZZZZZZZ. Mordían. Notaba como le iban despellejando poco a poco, de dentro a fuera, él no era el caballo de Troya, él era Troya.
Sufría. Y mientras, un gilipollas en un sillón, con más dinero en el banco que neuronas en la cabeza le decía que todo estaba en su cabeza. Entonces, lo vió.
Un abrecartas plateado. Tenía 13 años. Ese número traía mala suerte, pero él había sido fuerte. Lo estaba dejando de ser. Bzzzzzzzz. Bzzzzzzzzzzzzzz. BZZZZZZZZZZ. Tenía que acabar con ello antes de ser débil.
Se incorporó, ante la atónita mirada de los dos ocupantes de la sala.
Asió el abrecartas y se lo clavó en la garganta a su madre. Que bien se sentía. No era más que otra avispa. Ella no era más que otra avispa.
El último ocupante de la habitación dijo algo así como "Tranquilízate" con una voz vibrante y nerviosa, pero el solo escuchó un BZZZZZZZZZZZZZZZZ. Tenía que pararlo. Le agarró de las antenas y lo empujó, tirándole al suelo. Mordió su cuello. Una vez. Dos. Tres. Así trece veces. Casualmente, trece mordiscos tuvo que esperar hasta que dejó de notar mordiscos. Hasta que dejó de moverse. Hasta que ya no había ni un ligero Bzzzz. Pero eso no lo entendería nadie.
Seguía habiendo avispas por todos los lados, aunque ahí estaba seguro. Aunque no durante mucho tiempo. La recepcionista le había llamado bastardo también. Abrió la ventana y vio el avispero que se extendía a sus pies. Estaba en la celda 13.
Pero tenía sangre de avispa en su boca. Volvió junto al cadáver y se untó las manos para extenderlo por su cara. Se quitó su camiseta (era amarilla y negra, qué asco) y se marcó una línea vertical desde el ombligo a la nariz y una horizontal de codo a codo. Y entonces, saltó. Podría volar, sería libre. Sería feliz.
Y efectivamente, iba a ser feliz, iba a ser libre, pero no podía volar.
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